agosto 27, 2014

Verte


Verte fue como revolver entre la tierra húmeda todas esas cosas que comenzaban a crecer.

Verte fue como partir un piso a la mitad donde, sabemos, abajo está el fuego. Verte fue como encender de nuevo toda esa culpa y ese remordimiento. Egoísmo y mediocridad. 
Y así somos hoy.
Así soy hoy.

Porque el asunto no fue en sí verte sino ver, en tus ojos, que más allá de esa sonrisa había un reproche. Había una lanza esperando a ser lanzada, una bala esperando a ser disparada. Y allí fue donde más dolió.

No el agujero, no la herida, sino la cruz.
El blanco a donde inconsciente –o bien consciente- apuntabas sin culpa. 

Y con razón, como para sentir culpa después de tanto. Como para no tener ganas de clavar el puñal por la espalda y revolver hasta hacer imparable la hemorragia que dejaron tantos actos, tantas idas y vueltas de página.

Nunca fui de mucha ayuda. Realmente casi estoy segura de no poder serlo, porque entre mi buena pero errada voluntad y tu buena pero errada recepción, no hacemos uno. No hacemos medio si bien pudimos habernos complementado. No saciamos las necesidades del otro como hubiésemos querido. 

No pudimos contra todo y yo me dejé desvanecer con la nada.

Y nada. Nada, es lo que queda entre nosotros después de tanto hablar. Caemos, entre risas falsas, en la cuenta de que el vacío más vacío no está en nuestra falta de conversación, sino en lo que quedó en cada uno de nosotros. 

El concepto del otro yace, retorcido y escurrido a más no poder, como trapo que limpió los ojos más cargados, los restos de luz que se fueron volviendo oscuros.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario