¿Cómo entrar en un lugar del que intenté alejarme toda la
vida? No es fácil aceptar que hay cosas que no van a volver atrás. No es fácil
darse cuenta de que pasan los años y uno vive en la misma situación,
religiosamente, cada vez que se acerca la fecha.
Mi cuerpo me iba avisando. Quizás titilaba de a poquito, o
una simple negación continua. Señales que nunca quise ver y que cuando las tuve en frente
me envolvieron tan despacio que me hicieron soltar una carcajada llena de
desganas de llorar.
Y qué vergüenza más absurda. -¡No me vean llorar! Decía a
gritos mi cabeza, pero mis ojos no podían retener más nada. ¿Será que cuando me
acerco a vos vuelvo a ser tan vulnerable?
Porque te fuiste y no. Me dejaste y no. O más bien no te
dejé, ¿qué te parece?
A veces creo que sí. Jamás me animé a despedirte.
Y ahora es tarde, o difícil, o no quiero.
Porque aunque no me guste aceptarlo
el Sol no dejó de
salir esa mañana,
ni las olas se congelaron,
ni el tiempo dejó de pasar; y soy yo
la que hoy está acá.
La que cada mañana al despertar se da cuenta de que pasaron los años y todavía no soltó esa mano para que puedas volar en paz.
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